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♦ La falacia de la solución de un gobierno mundial único para los problemas ambientales, por Mark L. Prophet

Individuos bienintencionados han propuesto soluciones diversas con objeto de resolver nuestros problemas ambientales. Una que se ha discutido ampliamente es el establecimiento de una forma de gobierno mundial en la que el control centralizado de los ecosistemas sea administrado por un grupo de ambientalistas especializados. Con el fin de eliminar los desequilibrios de la biosfera y las discrepancias en las economías de las naciones, los proponentes de este plan promueven la redistribución de los recursos naturales y humanos a escala global, dando con ello a cada hombre y a cada país su “justa tajada” de la Tierra y su atmósfera: una parcela de tierra bajo una parcela de cielo.

Aunque reconocemos la sinceridad de la mayoría de los que están trabajando para mejorar la prosperidad de todos los hombres, debemos señalar que en este plan hay ciertas inconsistencias muy marcadas con la ley cósmica. Para empezar, la Jerarquía no recomienda un solo gobierno mundial. Hasta que el Cristo no gobierne en el corazón del individuo, el individuo no está capacitado para gobernar al mundo. Es necesario entender que los estados-nación fueron instituidos por los maestros ascendidos para que fungieran como punto final de transición entre la sociedad imperfecta que se desarrolló después de que el hombre fuera expulsado del Edén y la sociedad perfecta que prevalecerá en la era de oro: una sociedad basada en un gobierno único encabezado por el Príncipe de la Paz y aquellos individuos que hayan alcanzado la automaestría a través de la conciencia crística. Los abusos que han tenido lugar en el seno de los estados-nación y entre unos y otros no son la intención de Dios, sino un reflejo de la ignorancia y la indiferencia del hombre respecto de esa intención; y es lo que cabría esperar en vista de su actual estado imperfecto de evolución.

La Gran Hermandad Blanca advierte en contra de la prematura unión de los pueblos, ni siquiera con el propósito de resolver los problemas del ecosistema planetario. Porque, debido a su karma grupal y a su destino divino de manifestar un aspecto de la conciencia crística como nación, los pueblos del mundo requieren límites de identidad que les permitan cumplir su razón de existir. El sistema de estados-nación no es inherentemente perverso, ni sus habitantes son inherentemente egoístas, ya que, al desarrollar su propia individualidad y respetar el derecho de los demás a hacer lo mismo, mejoran la evolución de todos los demás estados y del cuerpo planetario por entero.

La unión de los pueblos del mundo ocurrirá de manera natural a medida que los individuos y las naciones se esmeren por alcanzar la perfección y la unión a través del Cristo. Mientras tanto, los maestros instan a todas las familias, a todas las comunidades, los estados y las naciones a empezar a buscar soluciones para sus problemas ambientales. Cuando este proyecto se realice desinteresadamente, y su única motivación sea el bienestar general, entonces, y sólo entonces, se harán verdaderos progresos.

Creer que el gobierno de una élite intelectual eliminará los peligros inherentes a un sistema mundial de control de la ecología es algo que un estudiante de los maestros ascendidos debe poner seriamente en entredicho. Aun cuando la Jerarquía reconoce que solamente los individuos más altamente calificados y mejor preparados entre los hombres deberían tener la última palabra sobre los controles ambientales, su juicio y el juicio del hombre sobre quién es el más apto y quién es el mejor preparado no necesariamente coinciden.

Aunque en teoría el gobierno de una élite intelectual sería aceptable, queremos señalar que en la práctica dicho sistema puede ser rígido y peligroso. La rigidez del plan estriba en la imposición de las decisiones que tome el cuerpo gobernante mundial. Solamente un estado policiaco internacional, con el poder de pasar por encima de la soberanía de las naciones, podría efectivamente poner semejante plan en acción. El peligro del plan estriba en la presunción del género humano de que con el solo intelecto puede llegar a los juicios de Dios.

Aunque suele ser cierto que la mente entrenada puede sintonizarse mejor con la mente crística, también es verdad que las mejores mentes pueden estar entrenadas en concordancia con los peores conceptos. Esas mentes rechazarán los dictados del Cristo porque han sido condicionadas por la perspectiva deformada de la mente carnal. Aunque no por su culpa, algunos de los más grandes pensadores del mundo han sido privados de la más mínima comprensión de las leyes del karma y la reencarnación y del lugar que ocupa nuestro planeta en el escenario cósmico. Y sin embargo están desarrollando formas de alterar todos los patrones de la vida para amoldarlos al hombre-animal en el que han sido entrenados a creer. Cuando lo mejor del hombre no es lo suficientemente bueno para convertirse en un estándar universal, entonces es preferible que su esfera de influencia no sea universal. Desaparecer al estado-nación acaba con los últimos medios para limitar la proliferación del error, hasta que el hombre sea capaz de trascender las limitaciones de su falso adoctrinamiento.

Debemos concluir que hasta que los “especialistas” seleccionados para hacerse cargo del propuesto ecosistema mundial único no reconozcan el potencial crístico de todos los miembros de la biosfera, y la automaestría se convierta en el primer objetivo de la educación, hasta que el propósito del gobierno no sea visto como la protección del Cristo en todo hombre, un sistema mundial de control corre el riesgo de ser utilizado por las personas equivocadas para fines equivocados. Solamente cuando los especialistas mismos estén trabajando conscientemente para la unidad con el Ser Crístico se podrá confiar en que preservarán las libertades que son esenciales para la realización del Cristo en cada hombre; sólo entonces se podrá confiar en que forjen el destino de toda una evolución planetaria.

Al examinar la convicción de que los problemas ecológicos del hombre pueden resolverse con una distribución más equitativa de los recursos humanos y naturales los maestros ascendidos señalan que precisamente debido a que los cocientes de energía de los individuos no son iguales la teoría de la distribución equitativa es insostenible. El esfuerzo individual para desarrollar la chispa divina y para expandir las cualidades de la Deidad es el factor determinante del estatus individual de cada hombre como hijo o hija de Dios. Y, tal como se ilustra en la Parábola de los Talentos [Mateo 25:14-30], el uso que hace el hombre de sus talentos en una encarnación determina cuántos merecerá en la siguiente.

Los individuos y las naciones cuyos esfuerzos para obrar las obras de Dios han sido más grandes que los de otros que tuvieron la misma oportunidad se han ganado el derecho a atraer de la Fuente universal una mayor dotación de riqueza, energía y talento.

Tal como ningún hombre puede tomar los tesoros del cielo de otro hombre, tampoco puede un individuo o una unidad política exigir de otro riquezas y bienes que no se haya ganado con una labor honesta. El hecho mismo de que una persona o un grupo de personas hayan nacido en un tiempo y un lugar dados, en una particular raza o familia, en una nación y un continente particulares, es una indicación de 1. su karma, bueno o malo ―de aquello cuyo derecho a disfrutar se ha ganado o no―, y 2. su dharma ―el servicio que, de acuerdo con la voluntad de Dios y su arquetipo divino, es su deber cumplir.

El plan para un ecosistema mundial único no funcionará porque no toma en consideración el delicado equilibrio del ecosistema espiritual: la interacción del cuerpo causal de diez mil millones de almas asignadas al aula que es este planeta. Los individuos, los grupos, los vecindarios, las comunidades, las ciudades, los estados, las naciones comprenden ecosistemas dentro de ecosistemas con interdependencias y energías que se entrelazan. Separarlas y volver a juntarlas como un juego de cubos ―mezclar personas y cosas como si fueran barajas y sacar un nuevo mundo― es una violación de la ley cósmica, tan grave como augurar el fin de la biosfera. El control total de un planeta y sus habitantes equivale a la destrucción total del cumplimiento del potencial crístico a través de la iniciativa individual. Si destruís la iniciativa para crear de un hombre, destruís al hombre, y hacéis de él un animal. Y si al mismo tiempo destruís la identidad de una nación al despojarla de su destino, lo que os queda no es una era de oro sino una granja de animales.

Hay quienes abogan por una organización mundial fundándose en que el hombre ha reconocido su necesidad de extender su esfera de identidad, es decir, trascender su identificación con su persona, su familia, su clan y su nación para incluir todo su mundo. Dicen que la causa de todos los problemas de la ecología es el deseo del hombre de expresar su individualidad y conservar su libertad de actuar como le plazca. Y concluyen que el hombre debe renunciar a sus hábitos egocéntricos en bien de la familia humana entera, de la que no es más que un miembro individual.

Todos sabemos que el hombre debe aprender a identificarse con el hombre si la Vida ha de continuar en este planeta. Debe ser el guardián de su hermano; y mediante la identificación con aquello que es real en la persona y en la sociedad debe renunciar a sus deseos egoístas si ha de seguir progresando tanto espiritual como materialmente. Pero el hombre no puede hacer esto mientras guarde su carnalidad: la imagen de sí mismo como hombre-animal con la que ha funcionado desde su caída de gracia de la imagen del Cristo. Por eso, si quiere deshacerse de su egoísmo debe elevarse por encima del plano de identificación con la vida animal para reclamar su herencia de hijo de Dios, libre de pecado y de egoísmo. Sólo entonces será capaz de extender su esfera de identidad y con el poder del amor divino incluir al mundo entero en su percepción autoconsciente.

Una de las grandes falacias de nuestros tiempos es la proyección, en la página en blanco del futuro, de las actuales imperfecciones de la humanidad. Si en vez de ello, mediante la invocación del fuego sagrado en el presente, el género humano transmutara el mal (o el velo de energía) del día, como Jesús dijo, se le darían los recursos para hacer frente a los desafíos del futuro. Y sus problemas futuros no se verían agravados por su fracaso para resolver los problemas del presente.

Nota 200 de Climb the highest mountain.
© Summit University Press

 

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